Escuché que “todos tenemos problemas, pero el FÚTBOL termina siendo el psicológico más barato”; pero la pandemia inicio vulnerando hábitos y costumbres, COSTUMBRES que son acciones o creencias que se repite entre generaciones, y que tienen que ver con una tradición o historia que funciona como fundamento; y HÁBITOS que son comportamientos aprendidos y repetidos regularmente, asociados a una rutina, y que requieren poca o ninguna reflexión (no vinculado a lo ancestral)”. Si la realidad no se acepta, éstos son los primeros en resistirse al cambio, “duelen” y enojan, pugnan por conservarse.
El fútbol viene haciendo “equilibrio en una cuerda muy delgada”, cuya naturaleza colectiva genera que sean más situaciones a manejar y controlar, dentro y fuera de la cancha; y si sumamos la idiosincrasia de la “cultura peruana”, se hace más delgada la cuerda que sostiene su frágil equilibrio. Lima, sede del evento deportivo, no es ajeno al avance de la pandemia, cuyo “virus” es imperceptible a la vista y minimizada por la conciencia.
Imaginemos: ¿Qué pasaría si un futbolista contagiado, pero no identificado a tiempo, compite? Un juego tiene 22 futbolistas y 4 jueces que estarían expuestos al contagio y ¿Qué si ambos equipos “infectados”, en la semana siguiente compiten 2 veces?, la matemática es simple, en 7 días habría 88 futbolistas y 28 árbitros expuestos, 8 equipos contaminados, sin contar familias vinculadas. Los futbolistas quizá se superen rápidamente, pero ¿y la familia?
Por otro lado, los “fanáticos” afectados por la cuarentena y la “abstinencia” de fútbol, se pueden resistir al cambio en hábitos y costumbres, y ¿quién los controla?, si andan en emociones desafiantes y en causa común de “inmortalidad”. Los clubes tendrán que ser ingeniosos frente al nuevo desafío de persuadir a los hinchas y “olvidaba que en todo combate entre el fanatismo y el sentido común, pocas veces logra este último imponerse” (Marguerite Yourcenar).
Mg. Franz Rivera Mansilla
Psicólogo Deportivo
@franz.riveramansilla